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miércoles, 25 de septiembre de 2013

UN CUENTO



Una mañana, el califa mando llamar a Ábdul su médico y amigo de confianza, una dolencia marchitaba a su hija Zaira tras la muerte de su amado; apenas comía, ni dormía se sentía triste y parecía muerta en vida. Su cuerpo estaba rígido a pesar de su juventud.
      Ábdul la receta medicinas, plantas y una buena dieta, la daba masajes, la estiraba y colocaba una a una todas sus articulaciones, pero a pesar de todo nada conseguía, su cuerpo estaba  encogido y tieso…

     Ábdul ya no sabía que hacer, ni a quien acudir y el califa iba pediendo su confianza al igual que la salud de la joven Zaira.
     Una mañana todo cambio para Ábdul, en el zoco conoció de forma fortuita al joven Hixem, un joven y humilde vendedor de aceites y esencias muy exóticas. No le había visto nunca en el zoco. Eso no era lo más inquietante, era la forma en aplicar un masaje a una anciana en su humilde tienda, era pases suaves, dulces, parecía que la estaba acariciando más que masajeando…  Ábdul estaba asombrado, más que un masaje era como un baile embriagador, como inquietante fue el resultado, la mujer lloró y se fue con un pasó jovial y ágil.

       En su desesperación invitó al joven a que viera a su paciente.  Hixem llego al palacio, sin dar apenas importancia a toda la riqueza que rodeaba tan recio lugar, se fijo en la joven Zaira, sacó de su bolso unos botes de esencias aromáticas, se sentó a su lado y con mucha calma, cogió la mano de la princesa, la desnudo con mucha suavidad, la tumbo boca abajo y con un cariño casi maternal, la acaricio con sus manos mientras la aplicaba un aceite perfumado, que en instantes lleno el ambiente con un aroma embrujador. Sus manos era suaves, parecía que volaban, no había fuerza, ni dureza, ni dolor, todo era armonía, suavidad, amor, Ábdul se sentía como en una ensoñación, poco a poco el hermoso cuerpo de la princesa, empezaba a desentumecerse, sus miembros empezaban a ser flexibles, el color de su piel blancuzco se torno canela, y la amargura de su rostro, se transformo en la cara angelical de una niña, o tal vez una diosa.
      Giro con la dulzura como un amante, el cuerpo de Zaira, y prosiguió el masaje o tal vez  el baile. La princesa rompió a llorar, sus lágrimas eran silenciosas pero casi imperceptibles…

        Hixem, cubrió a la princesa con una sábana de seda, recogió sus frascos los guardo en su sencillo bolso y se dispuso a partir.
        Ábdul le detuvo y muy inquieto preguntó -¿Cómo lo has hecho?, ¿Quién os ha enseñado a masajear así?.
       Hixem con una voz suave y mirada profunda le contestó:  

             - Maestro, mi masaje es acariciar con mis manos su cuerpo para llegar a su alma, me lo enseño el médico de médicos el gran Avicena-.

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